Giraluna, centro de educación alternativa con disco propio

La siembra

Por GV

         Giraluna viene desarrollando desde hace ya casi 25 años su trabajo educativo con niños y adolescentes de Nuevo París. La tarea del proyecto es bien conocida en su zona de influencia y aledaños, pero, se ha dado, durante los últimos meses, una circunstancia particular: el nombre Giraluna, que aparece en notas del informativo central de algunos canales y diarios de gran tiraje, viene haciéndose popular más allá del oeste montevideano. La razón: “Que salga la luna”, el disco que los chiquilines del proyecto han grabado y que, para mayor orgullo de la barra, ha ganado el Premio Graffiti a mejor álbum de música para niños. Sobre ese logro particular, sobre los de todos los días y sobre la historia del espacio en que se trabaja por ellos conversamos con Ana Campoleoni, la directora del Proyecto, y con el tallerista de música Adrián Posada.  

 

    

La Historia. “Giraluna es un proyecto”, comienza subrayando Ana Campoleoni, “dentro del que funcionan como unidad un club de niños y un centro juvenil. Unidad en esencia, en criterios y en origen”. La semilla de Giraluna, que comenzó en 1986 como merendero venía germinando desde los primeros 80 en el espacio de perfil opositor al autoritarismo de entonces que tenía sus plataformas en la parroquia de Nuevo París y en el colegio San Francisco. “Allí se nucleó mucha gente que encontró en los proyectos sociales una manera de hacerle frente a aquella situación”, cuenta la directora. Víctor Hugo, el párroco, comenzó, con apoyo de la curtiembre Branaa, con el merendero para hijos de los trabajadores de la industria, muchos de ellos habitantes del cantegril 19 de abril”.
         Giraluna fue avanzando y en los 90 ya se contaba con el aporte de asistente social y psicólogo. Poco después, no sin que surgieran diferencias de perspectivas con Branaa, comienza a perfilarse un proyecto social y educativo ya no sólo asistencialista, explica Campoleoni. “Existía una impronta enfocada en lograr cierta transformación, en generar crítica frente a la situación de pobreza que se estaba viviendo”.
En 1996 el Proyecto Giraluna establece convenio con el Inau para comenzar a trabajar como club de niños, y en 2003 para desarrollar, también, su centro juvenil. “Se venía trabajando con jóvenes desde 2004 pero sin convenio, con aportes de los Capuchinos y otros. Los aportes fueron mermando y hoy nuestra financiación depende casi exclusivamente del Inau”.
Tanto el club de niños como el centro juvenil trabajan de tarde con los chiquilines que van a la escuela, al liceo o la UTU de mañana. “Nuestra intención –explica Ana Campoleoni- es abrir, tanto el club de niños como el centro juvenil, también de mañana para trabajar con los chiquilines que van de tarde a sus lugares de estudio. Hay una solicitud al respecto presentada desde 2006 pero todavía no hemos tenido respuesta”.

         “Las actividades del centro se desarrollan de lunes a viernes, de 14:30 a 17:30”, cuenta el tallerista de música Adrián Posada. “Dentro de esos horarios, además de las actividades en común, hay talleres en los que trabajamos en tres niveles de edades: el primero de 5 años hasta los de 1º de escuela, el segundo integrado por los que están en 2º, 3º y 4º, y el tercero por los de 5º y 6º. Según el día y los niveles se van rotando los talleres”, explica. “Hay talleres de de música, educación física, apoyo escolar, huerta, plástica, recreación y yoga”.
“Yoga trabajamos con los niños, que se cuelgan muchísimo con la propuesta”, explica Campoleoni en respuesta al asombro que el cronista manifiesta ante el dato de la existencia de un taller dedicado a la disciplina, “pero también los adolescentes vienen demandando que ese espacio se abra para ellos”. El novedoso trabajo con yoga, cuenta la directora, fue iniciado ya hace casi diez años por el psicólogo Alejandro Fernandez, quien entonces era integrante del equipo de educadores del proyecto. “Él tenía esa propuesta de fusión de meditación, tai-chi y yoga con psicología; de las vertientes orientales y occidentales. Cuando se fue, hace tres años, se generó una demanda total de los chiquilines por continuar con el espacio”. Hoy, con Luciana, el trabajo en esa línea continúa.
         La actitud de apertura y fusión está en todos los talleres, cuenta Posada. “Todos nos involucramos integralmente en las propuestas en las que se esté trabajando”. “Es una línea –amplía Campoleoni- que vamos construyendo de forma autogestionaria, que marca el perfil de quienes se integran al equipo técnico. Quién ingresa al equipo de Giraluna sabe que va a tener un rol, en un sentido educativo, integral. También en el sentido de la gestión. Funcionamos en comisiones: recursos, producción y comunicaciones. Entonces además de su función específica como educador cada integrante tiene un lugar en la gestión del proyecto”.

Que salga la luna. Ana Campoleoni cuenta, al respecto del origen de la idea de grabar un disco, que las canciones habían empezado a nacer a partir de la Fiesta de la siembra. La Fiesta de la siembra, explica, es una celebración que Giraluna realiza anualmente, desde el 98, en mayo o junio. “Agradecemos a la naturaleza por la siembra. Agradecemos las posibilidades que tenemos de vivir, de contar con agua, de jugar, del aire, de disponer de tierra y de poder cultivarla. Es el momento de lanzamiento de nuestra huerta”. Según la propuesta original de la fiesta cada taller debía hacerle un regalo a la siembra. “Allí comenzaron, con el tallerista Eduardo Yaguno, a aparecer las primeras canciones elaboradas por los chiquilines. Canciones que en principio tenían que ver con el tema homenajeado, específicamente, pero, luego, también con otras cosas”. Fue Yaguno quien puso sobre la mesa la propuesta de grabar un disco. Diego Rosberg, el siguiente tallerista, continuó perfilando la idea de crear canciones.
La composición, cuentan Posada y Campoleoni, surgía muchas veces de las circunstancias que aparecían durante el taller. “Llegamos un día que llovía –recuerda la directora a modo de ejemplo- y comenzamos a trabajar los sonidos de ese día. Escuchábamos que el agua golpeaba el techo de zinc. ‘¿Con qué empezamos’, preguntó Diego. Y ahí salío ‘u’: ‘con la palabra u’, dijera Boris, uno de los chiquilines. Así apareción el tema ‘u cómo llueve”. Las ideas y letras que aparecen durante el taller, muchas veces escritas en grupo por los niños,  iban y volvían con algunas sugerencias de los talleristas. Y volvían a pasar por el tamiz del taller hasta que el tema se redondeaba. “Adrián tuvo la disciplina de juntar a los chiquilines –dice Campoleoni-, de armar un coro, y de hacer que se fueran apropiando, con sus voces, de esas canciones, algunas escritas por ellos y otras no”.
         “Yo llegué en 2004 y busqué armar un coro”, cuentan Adrián Posada. “Un coro tierno, de niños que cantan con sus voces”. Como el tiempo de taller es bastante, explica, hay posibilidades de experimentar, “desde  dibujar o crear canciones en el momento hasta ver videos de músicas que no son las que los gurises escuchan más frecuentemente. Así fuimos conociendo, a Fernando Cabrera, por ejemplo, o a Mario Carrero, que luego estuvo un día visitándonos”. El disco, en opinión del tallerista, contribuye a expandir el universo musical. “Hoy son ciento veinte gurises que lo tienen, entonces vas a los barrios y sentís algunas de las canciones sonando”.
“A partir de ese trabajo van pasando cosas”, apunta la directora, “como algunos chiquilines que ves que empiezan a crear de manera independiente del taller”. O como otro caso, recuerda, de uno de los gurises que pidió una guitarra de regalo y viene todos los días con la guitarra. “Seguramente si lo ponés a estudiar guitarra lo va a hacer con un esntusiasmo bárbaro, y posiblemente esa guitarra sea uno de sus nexos con el mundo. Muchos vienen de lugares poblados de desesperanza, donde el tema de la pasta base está presente en las familias y en los no se accede a formas de trabajo dignas. Porque siguen sin haber salidas de verdad para la gente. La música aparece como una lucesita”.
         La grabación de “Que salga la luna” comenzó en 2008 e insumió más de cien horas de estudio. Primero, antes de iniciar el registro de voces, se grabaron los instrumentos. Luego comenzaron, ya en 2009, yendo al estudio en grupos de a seis o siete, a grabar los veinticinco cantantes. El trabajo se realizó en el estudio Madre luna, de El Cerro, a cargo de Oscar Laurito. “Cada uno grabó dos veces cada canción –cuenta Adrián-, no fue una dinámica de cortar y pegar continuamente, porque pagábamos las horas y esa era la posibilidad, pero además porque los chiquilines grabaron bárbaro”. Vinieron luego las horas de producción y mezcla en el estudio.
         La lista de canciones, además de las propias del grupo, incluye El tiempo está después, de Fernado Cabrera; Pensamiento de Caracol, de El Principe y La luna se hizo con agua, de Larbanois-Carrero.
        
Presentación y Graffiti. El disco tuvo su presentación oficial en la sala Zitarrosa en setiembre de 2009. “Fue todo un laburo conseguirla, porque eran cien niños encima del escenario, y había temor de que rompieran algo, pero salió espectacular”, cuenta Posada.
“El día de la entrega de premios Graffiti, que éramos setenta, nos pusimos a cantar en la escalera Pensamiento de caracol con Mónica Navarro, que hace también una versión de ese tema en su disco. Ahí fue cuando la prensa nos empezó a dar bola y empezaron a hacerle notas a los gurises. Y cuando ganamos el premio, ni hablar. Ellos no tenían idea de lo que era el premio Graffiti, entonces, antes de ir, como hacemos al respecto de todas las salidas, hubo toda una etapa de charlas e investigación en Internet”.
Adrián cuenta que se está trabajando en la idea de de hacer una presentación del disco en El Solís en setiembre. Sería, en este caso, Giraluna con invitados. “También está la conciencia –aclara el tallerisata- de que habrá un tiempo de parar, porque somos un centro educativo; teniendo cuidado de  no dispararnos y perder el control. La idea es mostrar el proyecto, sobre el que también se va a hacer un libro”.
         También está en los planes de Giraluna explorar la posibilidad de participar en el Festival de Música Infantil Latinoamericana y para ese objetivo buscarán, cuenta Adrián, alguna forma de apoyo institucional.

“Ahora estamos viviendo el momento de las coberturas de prensa y de que por momentos sean centro de atención”, dice Adrián. “Creo que eso es bueno para los gurises en el sentido de que puedan percibir que ellos también pueden hacer arte, pueden cantar y mostrar lo que hacen. Ellos están habituados a ir a ver cosas, pero en estas instancias son los mirados y están contentos mostrando lo que lograron”.