El PIU, además de en el aspecto curricular, se enfoca en las capacidades de socialización. Para ello, dice la docente, se apela a formas de aprendizaje novedosas. “Intentamos generar actividades lúdicas, participativas, nuevas formas de suscitar el razonamiento que no se perciban como impuestas”.
La sicóloga Silvia Ríos cuenta que el trabajo con los estudiantes que participan del PIU se lleva adelante dos horas por semana, antes o después del horario regular de asistencia a clases. “Como el programa incluye además partidas dedicadas a la alimentación -amplía Bocchi- en ese espacio trabajamos, comen un refuerzo, toman café con leche. Hay chiquilines que sabemos que no pueden hacerse lentes, entonces existe una partida dedicada a eso, también. El proyecto apunta a una contención desde diferentes puntos. A veces hay problemas de relacionamiento, eventualmente derivados de dificultades para contar con ropa adecuada, entonces tratamos de coordinar entre nosotros para solucionarlo”.
“Los de primero se enganchan enseguida -cuenta Bocchi-, porque vienen de la escuela, donde estaban contenidos, entonces les encanta. Incluso vienen chiquilines que no lo necesitarían; alguno que de repente está solo en la casa y te dice: ‘¿puedo quedarme?’. Y ayudan. A los de tercero les cuesta más venir porque para ellos, que han estado ya dos años en el liceo en una dinámica distinta, el cambio resulta más difícil. Vienen cuando están con la soga al cuello”.
La primera convocatoria a los alumnos que participarán en el espacio PIU se basa en las calificaciones. “Generalmente -aclara Bocchi- cuando hay una problemática se refleja en el rendimiento. Para los de primer año nos fijamos también en la historia escolar. Luego de comenzado el trabajo investigamos cuales podrían ser las dificultades específicas. Si se trata de dificultades con la capacidad de atención, de algún problema emocional, si es que se trata de un alumno que está enfrentando todo muy solo, si es un problema auditivo o de visión. El equipo comienza entonces a trabajar, no sólo en el liceo, porque el asistente social también visita las casas”.
Problema grande: liceo chico
El PIU en el liceo 22 comenzó en setiembre de 2008. “Los plazos de trabajo, el año pasado fueron sumamente cortos, dio para hacer lo mínimo”, aclara la profesora. “Este año comenzó con más fuerza. Pero tenemos una gran tranca que es que el liceo no tiene espacio físico. Otras cosas salen, pero sin espacio todo cuesta el doble o triple. Ahora funcionamos en el altillo, en el espacio de biblioteca o en el laboratorio si está vacío”. El tamaño del centro, además, lo posiciona como un liceo de paso, de prácticas, para los docentes. Son pocos los profesores, explica Bocchi, que permanecen en el 22 de un año para el otro, característica no conveniente para un trabajo como el del PIU en el que la continuidad del referente resulta muy positiva.
El liceo 22 tiene una población de 500 estudiantes, señala la sicóloga Beatriz Ríos. Alrededor de 200 son los que participan en el PIU. “En este momento estoy trabajando con los estudiantes de primer año -cuenta-. Viendo la historia de atención que han tenido sus eventuales problemáticas. Nos encontramos con chiquilines, que vienen de las escuelas, que nunca fueron diagnosticados. Estamos trabajando con Médica Uruguaya y con Salud Pública para intentar conseguir horas de neuropediatría que es la consulta desde donde se deriva a las clínicas psicopedagógicas para poder hacer los diagnósticos. Hay casos de alumnos de 13 años con posibles problemas de dislexia que nunca fueron diagnosticados”. La sicóloga cuenta que durante las vacaciones el equipo se ha comunicado con los padres, y casi todos se están acercando a hablar. “Se intenta tener una respuesta a nivel familiar para sacar a los muchachos adelante”, explica. Y comenta que rara vez los chiquilines se resisten a la asistencia sicológica. “Los de tercer año, en muchos casos, piden para venir a charlar lo que les pasa y están dispuestos a ir a los lugares de derivación”.
Parte de la comunidad
“Mi deseo es que el liceo vuelva a ser parte del barrio”, subraya Bocchi. “Que no sea visto como algo negativo, que provoca reacciones del tipo ‘ah, los chiquilines, tené cuidado, vamos por la vereda de enfrente’. No. Esos chiquilines también son del barrio. Queremos la gente también se involucre. Y de apoco lo estamos logrando. Por ejemplo el Club Artigas está colaborando prestándonos su local. Pero necesitamos un empujoncito más, que se sepa que estamos trabajando. Tenemos que conectarnos con el barrio, y no ser vistos como el problema”.
También se han establecido contactos con la Biblioteca Carlos Roxlo, dice la docente, a la que el liceo le ha donado 1050 libros que ya no tenían espacio en su local. “Además estamos en plan de unir a los liceos de la zona. Este año hicimos el encuentro de coros, en el espacio de la galería de Carlos María Ramírez y Yáñez Pinzón. Era increíble ver a los coros del 66, 44, 38 y 22, todos cantando. El liceo ha cumplido 40 años, el edificio es el mismo del principio pero su población se ha incrementado”. Según Bocchi el centro ha ido aumentando sus responsabilidades pero no la disposición de recursos para afrontarlas. En su opinión es cuestión de que las fuerzas del barrio se coordinen y de “asumir que el liceo es de todos”.
Periódico PIU
Una de las estrategias pedagógicas que se está poniendo en práctica, cuenta Beatriz Ríos, es la producción de un periódico. “Buscamos que el PIU no sea una clase de apoyo clásica. Para hacer el periódico, entonces, se trabaja la producción de textos así como, por ejemplo, con el concepto de equipo de redacción en el que la tarea se diversifica según los intereses de cada uno”. Para este proyecto, remarcan las integrantes del equipo, se cuenta con la ayuda de todo el cuerpo docente del liceo. Y, en lo relativo al diseño y la diagramación, mencionan especialmente el apoyo de los profesores de informática.
El periódico además de notas incluirá contenidos de las materias. Y contará también con espacios como ranking de música, artículos deportivos o crónicas de los paseos, cuenta Silvia Bocchi. “Habrá también entrevistas a los profesores y crucigramas. Jugando hacemos una nota para el periódico y estudiamos para el escrito”. Ahora el grupo se encuentra ante el desafío de conseguir los recursos para la impresión. “Aun no sabemos cómo hacerlo: si vamos a imprimir en hojas de la computadora, simplemente, o si algún padre podrá tener acceso a alguna imprenta. Dentro de dos semanas queda pronto y allí veremos”. La intención del equipo es publicar dos números: el que están cerrando actualmente y un segundo número a fin de año. “A lo mejor buscamos apoyo de comerciantes del barrio, a cambio de publicidad. Siempre aparecen dificultades para sortear y nos las vamos a arreglar”.
Parte del trabajo realizado en el PIU está basado en material bibliográfico y audiovisual proporcionado por Unicef. Si bien al principio no contaban con televisión y reproductor de DVD necesario el problema se solucionó gracias a la empresa James que, respondiendo al pedido del liceo, donó ambos equipos. Inca y Conaprole son otras de las empresas que han colaborado con el Liceo, cuenta la profesora. “El PIU es tratar de ayudar a los chiquilines -resume Bocchi- pero también es tender las redes para lograr ese objetivo”.
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